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Quiero ser una mamá mala

octubre 3, 2011 - ¿Qué hago?

Por Tamara Tottner

“Quien bien te quiere te hará llorar; y quien mal, reír y cantar.”

Refrán popular

Hace algunos días recibí un correo que explicaba la importancia de educar a los hijos aunque ello signifique que a veces les caigamos bastante mal. Ahora tengo un sabor amargo, de ésos que se quedan cuando no nos gusta una realidad pero sentimos que no podemos hacer nada para arreglarla. Me doy cuenta de que mis amigos, mis conocidos y los conocidos y amigos de ellos, estamos metidos en el mismo dilema de la educación. Estoy segura de que todos queremos ser los mejores papás del mundo, queremos educar a nuestros hijos para que sean seres humanos de provecho, educados, preparados, honestos. El problema es que en realidad no sabemos qué es ser un buen papá y una buena mamá. Seguramente todos tenemos una respuesta que dar y, sin embargo, cada día hay más niños prepotentes y más jóvenes metidos en problemas y adicciones. Creemos que ser buenos padres es darle todo a nuestros hijos, todo el tiempo, que hay que decir que sí aún cuando sabemos que sería mejor decir que no. ¿Lo hacemos por ser buenos, por no discutir o porque es más fácil, aunque el resultado pueda ser muy complicado? La realidad es que sobreprotegemos a nuestros hijos. Cuando tienen malas calificaciones o los castigan en la escuela, siempre es culpa de la maestra, de la directora o de los compañeros; los corren de tres escuelas y seguimos diciendo y creyendo que son unos incomprendidos. Cuando se emborrachan es culpa de los amigos, cuando se pelean, empezó el otro. Aunque sea cada semana, todo el tiempo, la culpa nunca es de nuestro hijo. Y es que los padres no nos atrevemos a ser “malos”, a decir “hoy no”, “con esa persona, no”, “a ese lugar, no”. Ser “malo” no quiere decir ser intransigente, no significa pegarles con el cinturón, eso es ser estúpido y abusivo. Ser “malo” quiere decir que los queremos lo suficiente como para darnos el tiempo de explicar con firmeza por qué no transigimos en algo, soportando quejas, súplicas, excusas y argumentos como: “es que todos van a ir”, “todos lo hacen”, “la maestra me odia”, “él empezó”. Aguantarnos y decir: «no», «estás castigado» (y cumplir el castigo), “pues van a ir todos, menos tú”. Esto no significa que nunca los consintamos, les compremos algo de más, los ayudemos en sus tareas o los apoyemos mucho. No quiere decir que no sean ellos lo más importante de nuestro mundo, pero es ahí donde viene la delgada línea que separa el consentir del mal educar. Generalmente estamos conscientes de los errores que cometen los otros papás, criticamos la forma de educar que no está de acuerdo con la nuestra. Todos lo hacemos y no importa. Lo que importa son los resultados: si nuestro hijo va mal en la escuela, fuma, toma, se pelea constantemente, tiene desórdenes de alimentación, depresión, actitudes negativas, prepotentes o irresponsables. Dependiendo de la edad, existen diferentes focos rojos y mientras más pronto los detectemos, más a tiempo podremos corregir aquello que no está funcionando. Tenemos que darnos cuenta de que los jóvenes de hoy tienen demasiadas opciones, que es muy fácil conseguir alcohol, tabaco, droga, pornografía. Debemos reconocer que está en nuestras manos hacerles el camino más difícil, sí, más difícil. Mientras más tiempo estén solos, mientras más dinero tengan en la cartera y más tarde se queden en el antro, tendrán más probabilidades de tropezar. Y el problema es que hay tropezones que los pueden dejar marcados de por vida.

¿En alguna ocasión te has sentido culpable por negar algo a tus hijos?

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