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Ayuda a tus hijos a desarrollar su inteligencia moral

Junio 24, 2013 - Para Leer

Por Vicente Huerta

Para educar a los hijos no basta saber cómo funciona el cerebro y la dinámica de las emociones. Es preciso enseñarles dónde está el bien y a tratar de ponerlo en práctica.

Si queremos facilitarles el camino que les hará “moralmente inteligentes”, hay que aclarar el concepto mismo de bondad moral, que no es algo abstracto, sino un modo concreto de comportarse siguiendo la regla de oro de tratar a los demás como nos gustaría que nos traten a nosotros.

A esto se une la importancia del ejemplo, pues los niños entenderán el bien en la medida en que lo vean en acción en sus padres, como una presencia concreta. Los valores están para ser vividos o no se entienden. Muchas veces la incoherencia de los adultos deja sumidos a los niños en la confusión de mensajes contradictorios.

Los niños son modelados en el mismo inicio de su vida por los valores de los adultos que los rodean. Aun cuando no han desarrollado el habla ni la capacidad de razonar, eso no significa que no estén necesitando una formación moral. Esta formación se basa en que aprendan el “si” y el “no”. El niño de pocos meses puede desafiar a los adultos que le rodean “exigiendo” determinadas respuestas. Si le das a un bebé todo lo que pide y nunca te resistes a sus demandas, le estás enseñando a no esperar nunca una negativa, y eso no es una buena preparación para la vida. Se puede malcriar a un bebé haciéndole pensar que el mundo gira totalmente alrededor de él. Nunca es demasiado pronto para enseñarle a distinguir lo que está bien de lo que está mal.

El niño que asiste a la escuela primaria es mucho más capaz de reflexionar, de preguntarse y detenerse a pensar en silencio sobre lo que ha preguntado, de intentar ser bueno y de ponderar cuán “bueno” es.

En esta etapa, la capacidad de utilizar el lenguaje es clave para su desarrollo moral. El gran desafío de padres y educadores en estos momentos es responder a las innumerables preguntas que hacen los niños. En la misma naturaleza del niño de esta edad está el preguntar y preguntar, proporcionando a quienes dirigen sus preguntas la oportunidad de brindar respuestas directas e indirectas, a través de lo que sugieren o recomiendan, de las historias que les cuentan, de los recuerdos que comparten, de las experiencias que ofrecen como ejemplos, etc.

Los niños son capaces de probar las creencias y valores de los adultos y detectan con facilidad su capacidad para comprometerse con lo que creen. De ahí la confusión que se puede crear cuando se encuentran ante mensajes morales cruzados o contradictorios. Por eso es tan fundamental la coherencia que ven en sus padres.

Los discursos morales abstractos se olvidan fácilmente; principalmente se enseña por medio del ejemplo y eso ocurre continuamente, casi sin darnos cuenta.

 

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